viernes, 11 de noviembre de 2016

Asi era la limpieza en el siglo XVIII



Las películas de Hollywood ambientadas en la Edad Media y el Renacimiento nos tienen acostumbrados a mostrar personajes de alta alcurnia envueltos en vestidos blancos, preciosas pelucas y espectaculares joyas.



Sin embargo, y aunque todo reluzca en la gran pantalla, la realidad fue mucho más sucia y apestosa. El aspecto saludable de mejillas sonrojadas y la aparente pulcritud que muestran los cuadros de la época son mentira, y bajo las pelucas y enaguas se escondían un sin fin de enfermedades y problemas médicos.

Y es que desde la caída del Imperio Romano en el 476 y hasta finales del siglo XVIII, la higiene personal brillaba por su ausencia. La cristiandad quiso romper con las costumbres y ritos romanos, entre los que incluyó, por desgracia, el aseo y los baños.




La Iglesia consideró la limpieza personal como un lujo innecesario que incitaba al pecado, y lo prohibió.



Los médicos, la mayoría también sacerdotes y monjes, se convencieron y extendieron la creencia de que el agua, sobre todo la caliente, debilitaba los órganos, dejando el cuerpo expuesto a condiciones insalubres y todo tipo de enfermedades.



Algunos llegaron incluso a afirmar que una capa de mugre sobre la piel impedía que las enfermedades penetraran en el organismo a través de los poros.
Miedo al agua

Como si fueran gatos, los galenos tenían miedo al gua y la consideraban altamente perjudicial. Se creía que era mala para la vista, que podía provocar dolor dental y catarros, que empalidecía el rostro y dejaba los cuerpos más sensibles al frío durante el invierno y la piel reseca en verano.



Durante siglos la gente realizó aseos en “seco”, frontando una toalla húmeda solo por las partes del cuerpo que quedaban expuestas. La piel que permanecía bajo la ropa podía pasar años antes de ver una gota de agua.



Los médicos prohibían a las madres que bañaran a los niños con la intención de evitar accidentes o se volvieran “blandos”. Solo debían utilizar un paño blanco para limpiar su cara de vez en cuando y no retirar así su grasa natural y protectora.

La gente tenía miedo a la muerte y por ello no se lavaban, pero precisamente así era como la encontraban. Cualquier corte o herida se infectaba rápidamente y la mortalidad infantil era altísima.
Ricos y pobres, hombres y mujeres

Al contrario de lo que se muestra en las películas, la falta de higiene no era cosa exclusiva de pobres, sino que el tufo de la alta sociedad era igualmente terrible y afectaba de la misma manera a hombres y mujeres.

La Reina Isabel de Castilla, ferviente católica, presumía de haberse lavado solo dos veces en su vida, después de nacer y el día de antes de su boda. Algo normal entre la clase palaciega del sigo XV.


Tuvieron que pasar dos siglos para que la población aceptara el baño como un mal necesario. En el siglo XVII se popularizó lo que llamamos el “baño anual”, donde una vez al año la familia realizaba un baño en una tina de agua caliente.

Primero el cabeza de familia, seguido por el resto de hombres por orden de edad. En el segundo turno las mujeres, también por edad. Y por último los niños, niñas y bebés que debían conformarse con el agua sucia y fría. Con este panorama se entiende que ningún niño quisiera pasar por semejante trago.



Aunque existe la creencia de que Luis XIV solo se aseó una vez en su vida, lo cierto es que el baño anual llegó también a la corte. Según los diarios de su prima la Princesa Palatina, el monarca tenía criados especializados en cuidar y preparar la limpieza del monarca.

Aún así, seguimos hablando de un único baño al año y solo las damas más entusiastas de la higiene tomaban, como mucho, dos al año con agua tibia y las debidas precauciones.



La mayoría de los matrimonios se celebraban en junio, de forma que coincidiera con el verano boreal. La razón era simple: el primer baño del año era, por norma general, tomado en mayo; de forma que en junio, la pestilencia de los novios aún era tolerable.



De cualquier forma, y como un mes de suciedad da para tumbar a cualquiera, las novias solían llevar ramos de flores al lado de su cuerpo y en los carruajes para disfrazar el mal olor.

Así nació la tradición de casarse entre mayo y junio, y el conocido ramo de flores que aún hoy portan las novias.
Mucho más que simple falta de higiene

La falta de higiene no se limitaba al aseo personal, sino que las costumbres de la época eran algo escatológicas. Era normal atender la llamada de la naturaleza en cualquier parte, por lo que no era raro encontrar gente defecando en plena calle.

Lo cierto es que hacerlo en la vía pública daba igual, ya que el resto de excrementos también acababan en las calles; lanzados desde las ventanas al grito de “¡agua va!”



Cuanto más grande era la urbe, más pestilente. Razón por la que París y Londres fueron consideradas como las ciudades más sucias del mundo.



El olor de las calles era horrible, pero el de las casas y edificios públicos no era mejor, sobre todo si se producía una aglomeración de gente. En las iglesias, por ejemplo, se quemaba incienso para enmascarar el olor hediondo que despedían los feligreses.



Entre la clase alta era igualmente desagradable. Tras varias semanas y meses de sudor, secreciones y grasa, el olor desprendido era infernal. Algo que la ropa agravaba aún más.



Los vestidos y las pelucas no se lavaban con asiduidad y el olor atraía a miles de bichitos indeseados. Se cuenta que bajo las pelucas se colocaban trozos de tocino fresco, para que las liendres y piojos se adhirieran a ellas.



Los más adinerados, como el famoso Rey Enrique VIII, contaban con un grupo de sirvientes dedicados a despiojarlos una vez al día, limpiarles el trasero después de hacer sus necesidades y lavar sus partes íntimas. En las zonas exteriores, estos lacayos también se encargaban de ahuyentar a los insectos y moscas que pululaban alrededor de ellos.
Pestilencia y perfume, los aromas de la época

Con el agua como enemiga y olor pestilente emanando por debajo de sus ropas, las clases pudientes buscaron formas de disimular el hedor. Primero con el uso de abanicos y más tarde con todo tipo de perfumes.



Infusiones, extractos, hierbas aromáticas y mil y una mezclas fueron utilizadas con el objetivo de respirar un aroma agradable y ahogar el mal olor.

Los perfumeros fueron ganando fama y riqueza, cuanto más efectiva y potente era su creación. Y los aristócratas hacían cola por conseguir un frasco de “parfum” para su mujer o sus amantes.

Es fácil imaginar que la mezcolanza de olores corporales y perfumes tampoco era una combinación agradable.

No fue hasta mediados del siglo XIX que el baño se convirtió en una práctica más frecuente. Primero cuando la necesidad lo exigía, después una vez al mes, y luego, una o dos veces por semana.

Aunque a las mujeres no se les recomendaba que lavaran sus partes íntimas, pues aún se relacionaba esta práctica con la infertilidad.



Tampoco podían bañarse durante el período, una creencia que en algunos círculos se mantiene hoy día.



El negocio de la perfumería se desarrolló en paralelo con la asunción de prácticas de baño regulares y ya en 1888 aparecieron los primeros desodorantes.

La mujer fue la gran impulsora de los hábitos de higiene y casi toda la publicidad de época y siglos posteriores se dirigió a ella.

Conforme mejoró la higiene, también lo hizo la salud. La mortalidad descendió en adultos, pero sobre todo en niños y bebés.

Curiosamente las civilizaciones antiguas no eran tan sucias como las de la edad media y el renacimiento. Al revés, existe un amplio registro documental sobre sus hábitos de higiene, baños termales, aseos diarios, afeitado corporal y mucho más. Pero todo se perdió tras la caída del Imperio romano.

Más de 1000 años duró este ejercicio de involución humana, que hizo de la suciedad su bandera y que terminó bien entrado el siglo XIX. Esperemos que jamás vuelva a repetirse.

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